martes, 11 de noviembre de 2014

La mirada.




Mirar a los ojos sirve para intentar comprender a una persona, 
[o quizás solo para mirar
para perderse en ese mar infinito de respiraciones y pensamientos acalorados]
es esforzarse a descifrar y encontrar todos los fragmentos que han quedado de ella sin resolver, aprender sus miedos para no cometerlos, las gracias que lo han marcado, las tristezas que no ha dejado y los horas que por su cuerpo han pasado. 
El premio que se obtiene tras minutos u horas de intensiva mirada es, a veces, una lágrima, diversos datos, un cierre de ojos y, en los casos donde la mirada ha penetrado con amor y dedicación, se obtiene una sonrisa, mínima, y, si se tiene suerte depende el caso, un beso. Y este beso será diferente, estará acompañado de una presión en el pecho que provoca una sensación de calor que hace querer decir muchas cosas, muchísimas, pero las palabras no bastan. Nunca bastarán ni tampoco se logrará inventarlas para lograr tal cometido.
Mirar a los ojos se trata de un acto íntimo, compartirlo con un desconocido no lograría comprender la verdadera naturaleza del ejercicio. Uno no podría entender que detrás de esos ojos, compuestos por iris y pupilas y colores maravillosos y extraños, hay todo un mundo por conocer. 
Si tenemos suerte, tendremos toda una vida para observarlos.