martes, 4 de septiembre de 2018

Nadar.

No aguanto más. Nado y no hay orilla cerca. Nado y nado y de a poco me voy quedando sin aire. Nado y me desespero porque necesito descansar. Pero no lo encuentro. Estoy nadando hace demasiado tiempo y me pregunto hasta cuándo mi cuerpo lo va a soportar. A veces encuentro una tabla de madera y me sostengo, tomo aire, puedo volver a respirar y espero no hundirme con ella mientras deseo fuertemente quedarme así un rato más. Aunque no me pueda escuchar, le pido de todas maneras que no se vaya y me aferro porque es lo único que tengo. Tengo miedo de perderla, de distraerme y no notarla más entre mis manos, ¿que haría sin ella?
Y no obstante cuando parece ir bien, cuando me hago la idea de que quizás esa tabla me pueda ayudar a soportar más tiempo, una ola me la saca de las manos y la pierdo. Tengo que volver a nadar. Siempre es igual, siempre ha sido igual. Pero el tema es que me cansé de encontrar tablas que sólo me van a servir momentáneamente y me pregunto si no es mejor dejar de esforzarme por encontrar la tan deseada tierra. No tengo a nadie a quien preguntarle si lo que pienso está bien y nadie que me va a extrañar. El cielo me distrae por unos segundos. Se ve tan libre... Tan...
Quizás sea mejor dejar de nadar.