La incógnita, el porqué y sus faltas de respuesta, el no, el
quizás, pero nunca el si. La mirada, el asombro, la inquietud, el
sudor frío que recorre la frente y dice más de lo que uno quisiera.
El “no puede ser” que es una realidad. ¿Por qué descartar
posibilidades de un accionar visible?
Para Federico es, mal dicho, natural las infinitas preguntas que
brotan imparables en su mente. Pasa demasiado tiempo preguntándose
cuál es la manera indicada de hablarle a la cajera que está por
atenderlo en el supermercado. A veces no se puede ser autosuficiente,
a veces hay que hacer contacto con el otro que uno no conoce y eso lo
aterra. Tiene que estar preparado para todo. Pensar demasiado le
lleva demasiado tiempo.
Y ahora está frente a Julián, o al menos eso dice la etiqueta de su
guardapolvo. Julián trabaja de lunes a domingos con turnos rotativos
(no quiere ser raro, no es
que estuvo espiándolo, es que piensa, piensa tanto).
La Rue de Seine es
un café que se encuentra en frente de su casa y, luego de cuatro
años viviendo en el mismo departamento, había decidido pasar por
allí cuando su cafetera se había roto. Era increíble, pensaba
distraídamente (pero no demasiado), cómo las circunstancias
extremas (adjetivo subjetivo) lo llevan a uno a salir de su zona de
comfort. La vida de Federico, fuera de su casa, se resumía al
trabajo y nada más. Las mismas calles eran transitadas por su
persona una y otra y otra y otra vez, cada día sin falta. No salía
porque salir implicaba pensar de más
y pensar llevaba consigo un cansancio mental que a veces era
demasiado para procesar. Estaba consciente de que no era sano vivir
así, no le hacía bien. No estaba cómodo, estaba escapando. Vivir
se sentía como rasguñar cada pedazo de esperanza a poder estar
mejor.
El no, el quizás, pero nunca el sí.
Cuando salió a comprar café y
entró, por primera vez a La Rue de Seine,
sintió su corazón latir demasiado fuerte y el sudor exasperante
filtrarse por sus poros. Había demasiada gente, demasiado ruido.
Quizás lo mejor--- No, necesitaba tomar café, necesitaba la
seguridad, el ejemplo válido y subjetivo (siempre esa palabra) que
le hiciera sentir que su habitación no era tan fría, tan solitaria.
Algo cálido entre sus manos recordándole…
—¿Necesita ayuda con algo? — Le
había dicho una joven alta, de cabello color miel y ojos como dos
fieras a punto de atacar.
Tragó en seco, quizás no estaba
listo y se había precipitado demasiado en tomar la decisión de
cambiar el rumbo habitual.
—Estoy viendo, gracias.
Había respondido entonces él,
intentando sonar normal. Entonces
la joven le había sonreído, como distraída, asintiendo la cabeza
mientras lo hacía y se retiró a limpiar las mesas cercanas a la
ventana.
Aquel gesto lo había tranquilizado,
demasiado y no le gustaba. No le atraía la noción de que, en
verdad, estaba demasiado desprotegido sin las costumbres y sin los
pasos correspondientes.
Y sin embargo ahora
el estar
el pararse a afrontar un sentimiento
de
pie frente a Julián, a punto de actuar fuera de lo común.
Porque los ojos cálidos de Julián
le sonríen cuando le habla,
le pregunta sobre sus
intereses, sus hobbies, su trabajo, su vida (e
ignoraba sin inconvenientes a su jefa, que le pedía que siguiera
atendiendo al resto de la fila, que no se atrasara).
Habían pasado cinco meses desde que
había ido por primera vez al café o, para decirlo de otra manera,
la primera vez en muchos años que mantenía una conversación fuera
de lo habitual, porque Federico no tenía amigos y su trabajo
consistía en hablar lo justo y necesario. No
estaba acostumbrado al movimiento de labios ajenos dirigidos hacia él
y sus propios respondiendo sin desgana.
Sus piernas comenzaron a temblar.
—¿Estás bien?
Julián
se había acercado y lo
miraba preocupado, era probable que su rostro estuviese pálido,
sudoroso, que se notara el temblor de sus piernas. El
estar consciente sobre el saber del otro empeoró su estado.
—¿Fede?
Fede.
No Federico. Fede.
Tranquilizate.
Asintió con la cabeza y se retiró
sin decir nada más, dejando a Julián anonado, intranquilo,
atemorizado no por él, sino por Federico.
El no, el quizás, pero nunca el si.
Definitivamente nunca el si.