¿Acaso no es triste?
Me paso los días encerrado mirando el techo de mi habitación
mientras reposo en la cama que alguna vez fue para los dos. Cierro los ojos y
respiro, intento calmar mi respiración porque se lo que va a venir sino logro,
desde ya, controlarlo: La desesperación. O, peor aún, la angustia.
Sé cuándo está por venir, lo presiento por la manera en la
cual mi pecho se contrae y mis pulmones son incapaces de funcionar correctamente.
Cierro los ojos. Respiro. El aire se densifica y las palpitaciones aumentan.
Mantengo los ojos cerrados. Sigo respirando imitando una tranquilidad que no
poseo. Que en este momento olvido que he conocido alguna vez y, sin embargo, me
esfuerzo para que se produzca.
Agustina desapareció de mi vida hace ya un año.
No, no es a ella a quien extraño, ni tampoco la causa de mis
ataques de pánico ni la razón por la cual no puedo dormir de noche. Conozco la
razón por la cual todo esto pasa y sería injusto de mi parte adjudicarle a ella
una condena que no le pertenece y un peso que debo cargar yo solo.
Ella se fue, me lo dijo en la cara al menos cinco veces, una
más impaciente que la otra pero, al fin y al cabo, me lo dijo.
“El que avisa no traiciona” o, podría traducir aquella frase
a una que me dijo tiempo atrás, las primeras semanas en las que empezábamos a
conocernos: “No puedo prometerte que el día de mañana voy a seguir amándote.
Vos tampoco, es así, los sentimientos cambian…”. Por supuesto cuando me lo dijo
me quedé tildado apenas unos segundos, recuerdo la sucesión de mis acciones
como si hubiese ocurrido hoy: Capté sus palabras, las guardé en alguna parte de
mi cabeza sin comprenderlas, y continué hablándole de algo que no tenía nada
que ver. Un año y meses más tarde me lo volvió a recordar y ahí capté, casi
inmediatamente, que no podía decirle nada.
Como decía anteriormente: No es a ella a quién extraño.
Sino sus caricias. La manera en la cual las yemas de sus
dedos bordeaban mi espalda y se aferraban a mi piel en cada trazo mientras nos
contemplábamos perdiéndonos en el tiempo y espacio. Mi figura reflejada en su
mirada, en aquellos ojos de color miel, me provocaba una sensación extraña,
como si escalofríos se apoderaran de mí y entonces era incapaz de comprender
que sucedía. Y todo aquello, toda la suma de acciones, resultaba en impotencia
de no ser capaz, de no lograr juntar el valor suficiente que necesitaba para
decirle que la amaba.
Me arrepiento pese a que, en aquel momento, el silencio lo
decía todo.
Y odio saber todo lo que podría haber dicho en su momento, porque
su mano en mi pecho reconstruía mi alma y nunca logré hacérselo saber.
Porque me bastaba un abrazo suyo para reconstruir cada
pedazo de mi día, de mi semana, del mes que se había roto junto con mi
tristeza. Los días tristes recuperaban su color y mi angustia no era más que un
mal sueño.
Porque, al fin y al cabo, era la única persona a mi lado.

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