No
hay nada que pueda hacer ni decir, al menos no por ahora. Julián se
fue dejándola completamente desolada, angustiada, con un nudo en la
garganta que probablemente desaparezca cuando él vuelva.
(¿Volverá?)
Afuera
el sol desea colarse por su ventana por los escasos lugares que la
cortina no logra tapar, pero ni siquiera le importa, ni un poco.
Acostada en su cama piensa, una y otra vez, qué es lo que pudo haber
hecho para que las cosas resulten diferentes. ¿Pero acaso importa?
¿Ahora? ¿Después de todo lo que ha sucedido? También
podría pensar en qué hacer para intentar recuperarlo o en qué
hacer cuando él vuelva, porque tiene que volver, ¿verdad?
No puede dejarla así.
Probablemente
a él no le importa cómo está ella, ya no más. Y mientras piensa
en esto sus pensamientos comienzan a tejer ideas, sueños, recuerdos
y ahora está de pie en la cocina de su casa, con Julián a su lado,
sonriendo despreocupado mientras se sirve en un bowl enorme cereales
con yogurt de durazno, algo que sólo a él le gustaba probablemente.
Recuerda habérselo dicho. Recuerda también como Julián tomó su
cara para darle un beso, obligándola a degustar el durazno que tanto
odiaba. Pero la escena desaparece y ahora están peleando, el peluche
que alguna vez le regaló tirado sobre el piso luego de habérselo
tirado contra el rostro con el grito de “¡Te odio! ¡Te odio!”.
Julián se fue pero volvió a la noche, pidiendo perdón. No debió
haber hablado con otra. Pero no es tan fácil perdonar, ¿quién cree
que los problemas desaparecen de forma tan fácil? Nadie. Se aguantó
las ganas de revisar su celular, su computadora, de preguntarle a
dónde había ido, pero la angustia la estaba envenenando de a poco;
entonces un día, cuando pensó que era momento de dejar el pasado
donde pertenecía, Julián se lo dijo.
—No
te amo más.
Pero
si a Marina.
Marina
tiene un pelo castaño largo y brilloso. Lucía, en cambio, pelo
negro, opaco, corto. Marina es dulce, graciosa, incapaz de comprender
la tristeza. Lucía sufre de depresión. Marina es alta, agraciada y
Lucía…
Lucía
Lucía
Lucía
Julián.
Quizás
podría haber pensando las cosas de diferente modo, pero cuando la
inseguridad te atormenta la mente, es muy fácil que el autoestima
decaiga, logrando que el amor propio se desvanezca y las preguntas
aparezcan sin pavor, sin culpa, sin absolutamente nada de culpa.
Soy
yo. Porque soy fea, porque tengo el pelo corto, porque no soy
suficiente, porque nunca voy a ser suficiente. Porque no importa
cuánto me esfuerce nunca lo es. Porque estoy rota, dañada. Porque,
porque, porque…
En
aquel momento Lucía debería haber pensado que son cosas que pasan,
por un lado, y que alguien que no la valora lo suficiente para no
haberle dicho desde el primer momento que ya no la amaba no la
merecía. Se merecía algo mucho más.
Pero
es difícil creer en ese algo más cuando te sentís tan poco.
Entonces
ahora piensa, una y otra vez en qué podría haber hecho para que las
cosas sucedieran de otra manera, sin darse cuenta que pensando en su
pasado estaba enterrando su futuro.
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