sábado, 4 de agosto de 2018

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No hay nada que pueda hacer ni decir, al menos no por ahora. Julián se fue dejándola completamente desolada, angustiada, con un nudo en la garganta que probablemente desaparezca cuando él vuelva.
(¿Volverá?)
Afuera el sol desea colarse por su ventana por los escasos lugares que la cortina no logra tapar, pero ni siquiera le importa, ni un poco. Acostada en su cama piensa, una y otra vez, qué es lo que pudo haber hecho para que las cosas resulten diferentes. ¿Pero acaso importa? ¿Ahora? ¿Después de todo lo que ha sucedido? También podría pensar en qué hacer para intentar recuperarlo o en qué hacer cuando él vuelva, porque tiene que volver, ¿verdad? No puede dejarla así.
Probablemente a él no le importa cómo está ella, ya no más. Y mientras piensa en esto sus pensamientos comienzan a tejer ideas, sueños, recuerdos y ahora está de pie en la cocina de su casa, con Julián a su lado, sonriendo despreocupado mientras se sirve en un bowl enorme cereales con yogurt de durazno, algo que sólo a él le gustaba probablemente. Recuerda habérselo dicho. Recuerda también como Julián tomó su cara para darle un beso, obligándola a degustar el durazno que tanto odiaba. Pero la escena desaparece y ahora están peleando, el peluche que alguna vez le regaló tirado sobre el piso luego de habérselo tirado contra el rostro con el grito de “¡Te odio! ¡Te odio!”. Julián se fue pero volvió a la noche, pidiendo perdón. No debió haber hablado con otra. Pero no es tan fácil perdonar, ¿quién cree que los problemas desaparecen de forma tan fácil? Nadie. Se aguantó las ganas de revisar su celular, su computadora, de preguntarle a dónde había ido, pero la angustia la estaba envenenando de a poco; entonces un día, cuando pensó que era momento de dejar el pasado donde pertenecía, Julián se lo dijo.
—No te amo más.
Pero si a Marina.
Marina tiene un pelo castaño largo y brilloso. Lucía, en cambio, pelo negro, opaco, corto. Marina es dulce, graciosa, incapaz de comprender la tristeza. Lucía sufre de depresión. Marina es alta, agraciada y Lucía…
Lucía
Lucía
Lucía
Julián.

Quizás podría haber pensando las cosas de diferente modo, pero cuando la inseguridad te atormenta la mente, es muy fácil que el autoestima decaiga, logrando que el amor propio se desvanezca y las preguntas aparezcan sin pavor, sin culpa, sin absolutamente nada de culpa.
Soy yo. Porque soy fea, porque tengo el pelo corto, porque no soy suficiente, porque nunca voy a ser suficiente. Porque no importa cuánto me esfuerce nunca lo es. Porque estoy rota, dañada. Porque, porque, porque…
En aquel momento Lucía debería haber pensado que son cosas que pasan, por un lado, y que alguien que no la valora lo suficiente para no haberle dicho desde el primer momento que ya no la amaba no la merecía. Se merecía algo mucho más.
Pero es difícil creer en ese algo más cuando te sentís tan poco.
Entonces ahora piensa, una y otra vez en qué podría haber hecho para que las cosas sucedieran de otra manera, sin darse cuenta que pensando en su pasado estaba enterrando su futuro.

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