jueves, 4 de octubre de 2018

El no, el quizás, pero nunca el si.


La incógnita, el porqué y sus faltas de respuesta, el no, el quizás, pero nunca el si. La mirada, el asombro, la inquietud, el sudor frío que recorre la frente y dice más de lo que uno quisiera. El “no puede ser” que es una realidad. ¿Por qué descartar posibilidades de un accionar visible?
Para Federico es, mal dicho, natural las infinitas preguntas que brotan imparables en su mente. Pasa demasiado tiempo preguntándose cuál es la manera indicada de hablarle a la cajera que está por atenderlo en el supermercado. A veces no se puede ser autosuficiente, a veces hay que hacer contacto con el otro que uno no conoce y eso lo aterra. Tiene que estar preparado para todo. Pensar demasiado le lleva demasiado tiempo.
Y ahora está frente a Julián, o al menos eso dice la etiqueta de su guardapolvo. Julián trabaja de lunes a domingos con turnos rotativos (no quiere ser raro, no es que estuvo espiándolo, es que piensa, piensa tanto).
La Rue de Seine es un café que se encuentra en frente de su casa y, luego de cuatro años viviendo en el mismo departamento, había decidido pasar por allí cuando su cafetera se había roto. Era increíble, pensaba distraídamente (pero no demasiado), cómo las circunstancias extremas (adjetivo subjetivo) lo llevan a uno a salir de su zona de comfort. La vida de Federico, fuera de su casa, se resumía al trabajo y nada más. Las mismas calles eran transitadas por su persona una y otra y otra y otra vez, cada día sin falta. No salía porque salir implicaba pensar de más y pensar llevaba consigo un cansancio mental que a veces era demasiado para procesar. Estaba consciente de que no era sano vivir así, no le hacía bien. No estaba cómodo, estaba escapando. Vivir se sentía como rasguñar cada pedazo de esperanza a poder estar mejor.
El no, el quizás, pero nunca el sí.
Cuando salió a comprar café y entró, por primera vez a La Rue de Seine, sintió su corazón latir demasiado fuerte y el sudor exasperante filtrarse por sus poros. Había demasiada gente, demasiado ruido. Quizás lo mejor--- No, necesitaba tomar café, necesitaba la seguridad, el ejemplo válido y subjetivo (siempre esa palabra) que le hiciera sentir que su habitación no era tan fría, tan solitaria. Algo cálido entre sus manos recordándole…
¿Necesita ayuda con algo? — Le había dicho una joven alta, de cabello color miel y ojos como dos fieras a punto de atacar.
Tragó en seco, quizás no estaba listo y se había precipitado demasiado en tomar la decisión de cambiar el rumbo habitual.
Estoy viendo, gracias.
Había respondido entonces él, intentando sonar normal. Entonces la joven le había sonreído, como distraída, asintiendo la cabeza mientras lo hacía y se retiró a limpiar las mesas cercanas a la ventana.
Aquel gesto lo había tranquilizado, demasiado y no le gustaba. No le atraía la noción de que, en verdad, estaba demasiado desprotegido sin las costumbres y sin los pasos correspondientes.
Y sin embargo ahora
el estar
el pararse a afrontar un sentimiento
de pie frente a Julián, a punto de actuar fuera de lo común.
Porque los ojos cálidos de Julián le sonríen cuando le habla, le pregunta sobre sus intereses, sus hobbies, su trabajo, su vida (e ignoraba sin inconvenientes a su jefa, que le pedía que siguiera atendiendo al resto de la fila, que no se atrasara).
Habían pasado cinco meses desde que había ido por primera vez al café o, para decirlo de otra manera, la primera vez en muchos años que mantenía una conversación fuera de lo habitual, porque Federico no tenía amigos y su trabajo consistía en hablar lo justo y necesario. No estaba acostumbrado al movimiento de labios ajenos dirigidos hacia él y sus propios respondiendo sin desgana.
Sus piernas comenzaron a temblar.
¿Estás bien?
Julián se había acercado y lo miraba preocupado, era probable que su rostro estuviese pálido, sudoroso, que se notara el temblor de sus piernas. El estar consciente sobre el saber del otro empeoró su estado.
¿Fede?
Fede.
No Federico. Fede.
Tranquilizate.
Asintió con la cabeza y se retiró sin decir nada más, dejando a Julián anonado, intranquilo, atemorizado no por él, sino por Federico.
El no, el quizás, pero nunca el si.
Definitivamente nunca el si.


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