lunes, 24 de febrero de 2014

Pequeña historia

Notaba siempre tus gestos a través del espejo, pero no durante un largo período... era triste. Siempre iba a comprar a eso de las ocho de la mañana y volvía a la una y media, antes de que te fueras, cuando podía encontrarte con el sol iluminando tu rostro y creía poder ver, por un momento, que si había algo de esperanza en tu vida. Pero se ponía el sol y todo caía, poco a poco, y me marchaba antes de que pudieras darte cuenta, de que había alguien ahí, notando tu ausencia de carácter cada vez que alguien te gritaba, cada vez que te marchabas, porque a veces si lograba verte marchar y me quedaba ahí contigo, esperándote. Pero me iba, siempre me iba, porque no quería ser tu amigo, no me interesaba en lo más mínimo, ¿por qué querría, con tu cara triste y tu cuerpo débil? De todas maneras un día fui y no estabas y pregunté por vos y 
no estabas
ya no estarías nunca más
y recuerdo que me desesperé, porque pensé que algo malo había pasado, que habías buscado las pastillas que tomabas todas las noches, las habías mezclado en tu estómago a las tres de la mañana mientras llorabas por la vida que siempre quisiste dejar.
No obstante yo había entendido mal, y sin saberlo estaba gritando tu nombre, pero repito: había entendido mal. Y me llamaste, apareciste frente a mi, noté que tenías ojos marrones, grandes y brillaban. Creo que eso fue lo que en realidad me enamoró. 
Me enamoré.
Porque noté que tenías vida en tu interior y, no obstante, tristeza, pero a mi no me importaba tu tristeza, yo podía ayudarte.
Y sonreí.
Y dije que no habías muerto.
Y te reíste y me preguntaste quien era.
Y solo dije que alguien.
Sonreiste.
Lo hiciste.
Y me enamoré.

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