Había muchas cosas de vos que me gustaban, por ejemplo, esa manía de pasar la lengua por el cigarrillo antes de fumarlo, o la manera en la cual la luz se proyectaba sobre tu labio inferior cuando estabas a punto de hablar y te retractabas en el último instante; cómo te dedicabas a acariciar mi piel cuando estábamos acostados, o como me agarrabas con fuerza a la vez que me besabas en la oscuridad. Ah, si, esa terrible oscuridad que tanto odiabas pero que yo prefería conservar ante el miedo de tu mirada, a veces proyectabas cosas horribles con sólo mirarme y yo prefería guardar todo aquello apagando la luz, era tan simple la acción de separarse de vos, buscar el interrumpor y apagarlo que olvidaba el porqué. Eso hasta que la luna te proyectaba y yo tenía mucho miedo, no de vos, sino de tu mirada. Vos me besabas para que yo cerrara los ojos y entonces yo lo hacía. El desasosiego que proyectaba mi cuerpo con sus gestos se calmaba al instante y el crispar de mis manos se suavizaba de tal manera que yo era capaz de tomar tu rostro y besarte con una carencia de pudor increíble. Eso me gustaba, vivir sin miedo en la oscuridad.
Pero después a la mañana siguiente todo volvía a al rutina. Vos te levantabas y prendías el cigarrillo y yo no me quejaba porque me gustaba mucho verte, lo prendías adentro de mi cuarto sabiendo que yo lo odiaba... ay, eso si que odiaba, que no respetaras mi espacio, ese mismo que yo compartía con vos. No obstante bastaba con que me observabas para que yo hiciera a un lado la vista y me calmara, pretendía tener sueño y me dormía en serio. Terminaba despertando ante la búsqueda de tu ropa, abajo de la cama o arriba del escritorio, sólo ahí, cuando no me mirabas, cuando tus ojos estaban demasiado ocupados me atrevía a preguntar:
—¿Por qué te vas?
Y me ponía tan mal cuando no me respondías, justificaba en mi cabeza que quizás estabas de mal humor, que preferías estar en tu casa... todo eso en un intento de calmar mi sufrimiento atolondrado. Pero te fuiste sin responderme y no quise volver a llorar, en cambio me armé de valor y busqué ropa linda y salí de casa a buscar aire, porque era increíble la cantidad que vos tomabas de mí, dejándome al borde del abismo, entre sábanas usadas y besos olvidados. Cuando me miraba al espejo después de un encuentro nuestro, descubría en mi cómo cambiaban mis facciones, cómo empezaba a adoptar el rostro de una mujer que va todos los sábados a la mañana al café de la esquina a pedir lo mismo, o de la bibliotecaría de la esquina, que ofrece tè porque no hay mucho para hacer, y yo no quería parecerme a ellas, que estaban muy lejos de la salvación. No necesitaban un hombre y el no comprenderlo las hacía miserables.
Me estaba convirtiendo en una de ellas.
Y me vestí y me maquillé y lo hice todo para mi, no había reflejo de vos en el espejo. Salí a tomar ese aire que necesitaba, y me senté en la plaza de a unas cuadras a leer y leer y leí tanto que me abrí la cabeza a nuevos pensamientos y nuevas emociones y me llenó tanto entender que, por fin, no necesitaba de vos para sentirme completa. Porque saberlo lo sabía, pero comprenderlo... sentirlo, eso es tan difícil.
Había muchas cosas que me gustaban de vos.
Había muchas cosas que odiaba de vos, como esa vez que te llamé para terminar lo nuestro. Ah, era obvio que te iba a llamar, no quería verte porque verte significaba volver a sentir miedo y yo estaba harta de que aquel sentimiento horrible vaciara mi alma. Me insultaste, tratándome de tarada e ignorante. Pero no me puse mal por vos, sino por mi, que tardé tanto en descubrir que no te necesitaba.
miércoles, 23 de abril de 2014
Tu mirada.
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admiro tu capacidad creativa, sos demasiado genia escribiendo.
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