Repetir incansablemente “no me importa”, como si se tratara
de un mantra, no es más que un acto contradictorio. Creemos –en vano- que
debería funcionar porque los estudios han demostrado que, después de todo, los
deseos inconscientes terminan por cumplirse. No obstante cometemos el error de intentar
imponerle a nuestro inconsciente que no nos importa, y los intentos fallidos
dan como respuesta que, por mucho que queramos, hay una parte nuestra que no
quiere que eso suceda; porque si nos creemos tal mentira, entonces actuamos
como si esa fuese la verdad y ésta parte, la que se niega rotundamente, sabe
que de ser así mandaríamos todo a la mierda porque “no nos importa”. ¿Y de
verdad no nos importa? ¿Qué tanto nos debería importar para no hacernos mal
pero, a su vez, seguir prestándole atención? Te crees a vos mismo que no
importa que no te haya respondido el mensaje, de tal manera que al día
siguiente no te habla y tampoco le hablás (siempre manteniendo el factor clave,
el gran no me importa), pasado ese día te habla pero no le respondés porque no
te importa y llevás tal pensamiento a la ruina de la relación, o de lo que
podría haber sido una. Porque obviamente, es más fácil enredarse con los
pensamientos que aceptarlo y dejarlo ir.
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